Un día cualquiera, mi profesor de religión en Copiapó nos recomendó que si las ganas eran muchas, lo mejor era darse duchas frías y rezar. En otras palabras, tomar aire, tomar distancia, y esperar pacientemente que los deseos se refrenen y las pasiones se desvanezcan. Claramente el padre Lucho se refería a otra cosa, porque en materia de escalada eso sencillamente no sirve.
En materia de escalada, cuando las ganas abundan y las palmas sudan, nada ayuda como ir a perder piel a la roca. La Pampilla de Coquimbo se nos presentó como el altar ideal donde satisfacer nuestras ansias. Adoradores de la roca fuimos Pablo, Clau, Carola y yo.
Y Coquimboulder estuvo a la altura. Ante nuestros ojos aparecieron los mismos seductores boulders de siempre, esta vez en directa competencia con otras nuevas y coquetonas rutas. Al final, un rico fin de semana y una reflexión: Nada satisface tanto como montar alguna ruta y dominarla, o en el peor de los casos, sopesar sus atributos y prometerse visitarla nuevamente.
Un abrazo y gracias a los compañeros de ruta,
Dark Jota